
El objetivo de esa temporada fue quedar campeones. Así nos los dijo el head-coach desde el primer día de entrenamiento en “cortos” y así lo repitió casi todos los días del verano de 1980.
En ese año se acuñó en mí una de las marcas más profundas que llevo en el alma: el valor de la amistad. Con el fin común muy claro, los entrenamientos estaban focalizados a ser mejores día a día. Hombro con hombro, nos esforzábamos en cada ejercicio de resistencia y también en los de golpeo directo, donde no hay otra manera de avanzar mas que partirte la madre con tu amigo. El beneficio, que casi siempre tuvimos, se presentaba en los partidos: al ganar.
Aunque son muy cuestionables los métodos utilizados por nuestros coaches, sobretodo en castigos y golpeo directo, su impulso a visualizarnos y esforzarnos por ser mejores es una herencia que tengo de ellos, tanto en mi vida personal como en todos los equipos de trabajo en los que he participado.
La temporada fue de menos a más. Empezamos con un par de scrimages para olvidar, sobretodo porque la mayoría de los integrantes éramos novatos. Sin embargo, entrenamiento tras entrenamiento mejorábamos: tanto en actitud y unión, como en técnica y en ejecución de las no más de 10 jugadas que manejábamos a la ofensiva y no más de 2 formaciones a la defensiva. Claro, además de los equipos especiales. La mayoría, participábamos en todo y por tanto jugábamos todo el juego.
Este equipo tuvo ángel desde el principio, pues nos iban a ver, además de nuestros familiares, los papás de otras categorías. No recuerdo un entrenamiento sin visitas, ni juegos con las tribunas vacías. La conjunción del equipo fue en varios niveles: el principal, entre los jugadores de ocho años de edad, entre los coaches de diecisiete y dieciocho años que eran amigos y compañeros de equipo, entre los papás que se sumaron a la aventura veraniega; y la directiva, simpatizante de los 3 niveles, que siempre apoyó cuando fue necesario.
La simpatía se vio acompañada con victorias desde el principio. Con jugadas bien ejecutadas, técnica depurada al taclear (la esperada en un niño de esa edad) y sobretodo coraje: no me queda la menor duda que si algo transmitimos en esta y en varias temporadas subsiguientes fue hambre de ganar, pasión y mucho, mucho amor por nuestros colores azul y plata.
Ganamos todos los juegos, excepto uno: la final. Por una situación desafortunada, donde el quarter-back se lastimó una horas antes del partido. El head-coach construyó y delegó su liderazgo en este niño de ocho años que gustosamente aceptó el reto, pero un día antes sufrió una lesión en la pierna cuando brincaba un charco, al terminar el entrenamiento. No pudo jugar bien al día siguiente y aunque el equipo de Lobos claramente era mejor que el contrario (Comanches de Atizapán), los jugadores no pudieron rendir, pues no se nos había preparado para una situación así. Aprendimos de eso y 2 años después (en 1982) cobramos “venganza”.
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Notas:
- En la foto aparecen tres niños que fueron en ese año y que son todavía tres de las personas más importantes de mi vida: Marcos Vázquez Frias (57), primo hermano que falleció lamentablemente en 1994, Edson Sánchez (55, cuarto de izquierda a derecha en la primera fila), line-backer y líder de la defensiva durante todos los años que lo vi jugar) y Julían Vergara Méndez (95, segundo de derecha a izquietda en la primera fila), receptor y líder anotador en casi todos los años que jugué con él. Los tres, mis mejores amigos, cuando menos hasta que cumplimos dieciocho años.
- El viernes pasado al dar una plática a uno de mis equipos de trabajo, utilicé esta foto para motivarlos y resaltar tres aprendizajes más de esa temporada de 1980: a) La disciplina; b) Romper barreras y límites; y c) No siempre las cosas suceden como deseamos.
- Respecto a la foto, hoy por la mañana platicaba con Fernando Arana (33), sobre algunos otros integrantes de ese equipo y tenemos identificado de muchos de ellos en dónde viven y qué hacen, por lo que seguramente los veremos pronto en las siguientes reuniones del equipo.